domingo, 22 de mayo de 2011

Librería Palinuro en Medellín (Colombia)

Luis Alberto Arango Puerta dice que ama los libros y que por ellos navega con placer. En la Librería Palinuro atiende este hombre que con cariño habla con sus clientes y le da cabida a nuevos autores que buscan que su trabajo literario pueda conocerse.


En la Librería Palinuro este hombre habla con amor de sus pasiones. La literatura, la música y las tertulias hacen parte de sus historias. Un personaje jovial y entusiasta para conversar tintiando.

No fue que el azar, la suerte o la casualidad de ese 15 de abril de 1947 se confabularan. Ese día los planetas tampoco se alinearon de forma extraña y mucho menos hubo un hecho histórico que marcara el futuro de Luis Alberto Arango Puerta.

Los verdaderos 'conspiretas' para que este administrador de empresas fuera un enamorado de la música colombiana, la brasileña, el jazz y la literatura fueron Oscar Arango y Lucía Puerta, sus padres.

Las armoniosas tonadas de la guitarra de su padre le aguzaron el oído mientras que de su madre heredó el gusto por las letras, las artes y la literatura.

El maraquero, como lo conocen sus amigos porque imitaba a los maraqueros de los tríos, es jovial, entusiasta y místico en todo lo que hace.


En la Librería Palinuro, ubicada entre Córdoba y Perú, en el centro de la ciudad, Luis Alberto está rodeado por más de 5.000 ejemplares de literatura.


De muchos habla con propiedad, y de los que no conoce, por mero gusto, investiga para hacer una tertulia con cada uno de los clientes que a diario abarrotan el acogedor lugar.


Extraído de un artículo en ElColombiano.com


Al hilo de esta librería el escritor colombiano Héctor Abad publicó el 29 de agosto de 2009 en el diario El País un divertido artículo en torno a una primera edición de Poeta en Nueva York, que reproducimos a continuación:


Siempre quise volver a tener la primera edición de Poeta en Nueva York. Por superstición, por fetichismo, por nostalgia. Explico la superstición: creo que se leen mejor las primeras ediciones que las sucesivas. Explico el fetichismo: una vez que estuve enamorado regalé, en un acto de locura inexplicable, una primera edición de Poeta en Nueva York. Explico la nostalgia: amo las ediciones de Séneca, esa gran editorial que fundara Bergamín en su exilio mexicano.


Tengo, con tres amigos, una librería de viejo en Medellín. Se llama Palinuro y es un cuchitril que está en el centro. Los socios somos el cómico Valencia, que hace reír una piedra, el bohemio Obregón, un clon de Valle Inclán que bebe de noche y duerme de día, alias El Maraquero, que es el administrador, un calvo redimido del alcohol por los libros, pero tan miope que no ve nada a un metro de distancia, y yo, que escribo cuentos sin parar, para mantener a mis hijos.

Como el Maraquero es miope, en Palinuro se viven robando libros. La mayoría de los robos no tienen importancia. Borrachitos o drogadictos entran en la librería, se meten cualquier cosa en el bolsillo y pasan a venderla a otra librería que está cerca. En general estos robos se compensan solos. Los ladrones le roban también al colega y lo que por agua se va, por agua viene, porque casi siempre regresan a vendernos, a precio de huevo, lo que le roban a nuestro vecino. Justicia poética.

Pues bien, hace poco más de un año, estuve a punto de comprar otra vez la primera edición de Poeta en Nueva York, hermosa, intacta, con el prólogo de Bergamín, los dibujos de Federico. Estaba entre los libros de la biblioteca de un muchacho que había muerto de sida y cuyos familiares no querían tocar ni sus libros por miedo al contagio. Cuando compramos esta biblioteca los socios nos juntamos para ponerles precio a los libros más raros y aunque yo hubiera querido valorar Poeta en Nueva York en pocos dólares, el bohemio Obregón consideró que esa edición costaba por lo menos cinco mil. Hasta ahí llegaron mis ímpetus de comprador, y el gran ejemplar, perfecto, fue a dar a la vitrina de curiosos de Palinuro, no sin que antes la perfecta caligrafía del bohemio Obregón, pusiera con lápiz, en la última hoja, esta inscripción: "Primera edición. Rara. US $ 6000". ¿Por qué seis mil? Le preguntamos. Por si piden rebaja, contestó.

El Maraquero es miope. Dos meses después, se habían robado el libro. Los socios hicimos una reunión de emergencia. Visitamos al vecino. No estaba allí. Hicimos una inspección a los demás anticuarios de la ciudad. En vano. Preguntamos entre los más reputados ladrones de libros de Medellín. Nada.

Cada año, por el aniversario de Palinuro, yo hago un almuerzo para los socios de la librería, sus hijos y esposas o concubinas. Es un almuerzo de esos largos en los que la comida se sirve a la hora de la cena, y la única vez al año en el que el Maraquero se permite tomar un par de vinos tintos. La fiesta se acaba cuando el bohemio Obregón se duerme en el sofá, con un cigarrillo prendido en la boca, lo cual suele ocurrir hacia las cuatro de la madrugada. Esta vez, por desgracia, la reunión se acabó hacia las nueve de la noche, y fue disuelta antes de que pudiéramos servir siquiera la comida.

Ocurrió que a eso de las seis y media de la tarde el cómico Valencia se acercó al sitio donde yo guardo mis tesoros bibliográficos. Una primera edición de Machado, firmada. Sus Obras Completas (editadas también por Séneca). Varias primeras de Borges y de León de Greiff. El cómico Valencia volvió de su pesquisa con un libro en la mano: la primera de Poeta en Nueva York, 1940. Se la entregó en silencio al bohemio Obregón. Obregón la abrió por la última página. Se la pasó al Maraquero. El Maraquero acercó sus ojos de miope a cinco centímetros de la página y dijo lo que estaba escrito a lápiz, con la letra de Obregón: "Primera edición. Rara. US $ 6000".

Se hizo un silencio largo. Nadie me pasó el libro a mí, pero todos me miraban. Miraban al ladrón. Yo no sabía qué pensar ni qué decir. "Estás pálido", dijo una esposa. "Estás rojo", dijo una hija. "Estoy sudando", pensé yo. No podía explicarlo. Yo no había cogido el libro, lo juro. Yo no lo había traído a mi casa. O yo no recordaba, por lo menos, haber robado el libro. Sentía culpa, y no sabía de qué. Pero ahí estaba, a la vista de todos, el cuerpo del delito. Y todos sabían también de mi superstición por ese libro; de mi fetiche; de mi nostalgia.

Me senté en un taburete. El bohemio Obregón fue el primero en hablar. "Esto es intolerable", dijo. "Yo no me lo robé", dije. "¿Y entonces por qué está aquí?", preguntó el Maraquero. "No sé", dije. El cómico Valencia también terció: "Si tanto lo querías, te lo hubiéramos regalado". Todos los invitados callaban y miraban. "El libro debe volver a la librería", dije.

La reunión se puso incómoda. La alegría de siempre se convirtió en cuchicheos inaudibles. Los invitados se fueron yendo antes de que sirviéramos la comida. Antes de las nueve yo estaba solo en la sala de la casa, con el libro en la mano, atónito. Nunca supe qué pasó. Alguien tenía que haberlo puesto allí. No sé si ustedes me crean que yo no lo robé. Ahora el libro está en la Librería Palinuro de Medellín, Carrera Córdoba, esquina con Perú, por si lo quieren comprar. Primera edición, intonsa. Seis mil dólares. Si piden rebaja, lo dejamos en cinco mil.

sábado, 21 de mayo de 2011

Google Books comienza a digitalizar los Libros Antiguos en color

Hasta hace poco Google Books digitalizaba los libros antiguos anteriores a 1800 en blanco y negro para ahorrar espacio y mejorar la legibilidad. Desde hace poco la compañía de Internet está empezando a mostrar los libros en el color original. 

Google ha hecho caso a las peticiones que muchos investigadores y lectores habían solicitado a través del
blog de Dan Bloomberg y Groetsch Kurt, miembros del equipo de Google Books. 

Las razones para colorear los ejemplares antiguos son la preservación de su valor cultural  y artístico y la posibilidad de que los lectores vean la tipografía e ilustraciones en su forma prevista.

En su blog han presentado estos ejemplos:

Secunda centuria, das ist das ander Hundert der Evangelischen Wahrheit

Johann Nass, 1568




Thargum, hoc est, Paraphrasis Onkeli Chaldaica in sacra Biblia : ex Chaldaeo

Paul Fagius, 1546



viernes, 20 de mayo de 2011

Feria de Libros Usados en Caracas

Con la participación de 20 libreros de Caracas fue instalada este jueves 19 en la plaza El Venezolano, parroquia Catedral, la Feria de Libros usados. Permanecerá hasta este domingo 22 para, posteriormente, trasladarse a otros espacios públicos.
 
Del 26 al 28 de mayo la feria permanecerá en el bulevar César Rengifo, parroquia El Cementerio; del 2 al 4 de junio visitará la plaza Candelaria y desde el 9 hasta el 12 de junio estará en el Parque Ezequiel Zamora, ubicado en El Calvario. En el paseo Anauco, parroquia La Candelaria, se instalará los días: del 16 al 19 de junio, del 23 al 26 de junio y del 30 de junio al 3 de julio.

martes, 17 de mayo de 2011

II Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Plasencia

La II edición de la feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Plasencia se mantendrá instalada en la Puerta del Sol hasta el próximo día 29 de mayo con una decena de libreros llegados de Madrid, Valencia, Barcelona y Castellón, entre otros. 

El horario de apertura de la Feria es de 9.30 a 14.00 horas y de 18.30 a 22.00 h. En un principio por las tardes se abría a las 17.30 horas pero se retrasó una hora, a petición de los libreros, por el calor vespertino que retrasa la salida a la calle del público.  

sábado, 14 de mayo de 2011

Feria del Libro Antiguo y de Ocasión en Cartagena (Murcia)

30.000 libros de segunda mano y antiguos están a la venta en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, abierta hasta el próximo día 29 de mayo en la Plaza de Juan XXIII de Cartagena (Murcia).
 
La Feria permanecerá abierta todos los días en horario de 10.30 a 14.30 y desde las 17.30 horas hasta que haya público.

La encuadernación de libros con piel humana

Por sorprendente que nos pueda parecer la encuadernación de libros con piel humana (también llamada bibliopegia antropodérmica) fue algo de lo más habitual en el siglo XVII y se ha practicado hasta el pasado siglo.
Existen numerosos ejemplos de libros encuadernados con esta técnica que han llegado hasta nosotros, desde  tratados sobre anatomía que fueron forrados con la propia piel del cadáver diseccionado hasta testamentos forrados con la piel del testador.
A principios del siglo XIX, en el Reino Unido era costumbre habitual usar la piel de los criminales ejecutados para encuadernar libros. Durante la Revolución francesa, las pieles de los nobles guillotinados se usaron para encuadernar ejemplares de la constitución francesa o ediciones completas de Rousseau, pensador del cual se mofaban los nobles.

Algunos ejemplos de Bibliopegia antropodérmica:
  •  Entre los libros raros de la  Langdell Law Library de la Universidad de Harvard existe un tratado sobre leyes españolas cuyo título es Practicarum quaestionum circa leges regias Hispaniae y que en su última página dice "la encuadernación de este libro es todo lo que queda de mi querido amigo Jonas Wright, quien fue desollado vivo por los Wavuma en el cuarto día del mes de agosto de 1632". Los Wavuma se cree que era una tribu africana de la que ahora es la actual Zimbabwe.
  •  En 1821 el asesino John Horwood "prestó" su piel al lomo de un libro donde se puede leer “Cutis vera Johannis Horwood” (piel verdadera de John Horwood). Actualmente está en el Bristol Record Office.
  • En 1831, a la muerte de Jacques Delille, un afamado escritor de la época, un ferviente admirador se coló en el tanatorio y le arrancó la piel para encuadernar sus ejemplares.
  • En 1833, la piel del famoso bandolero James Allen sirvió para encuadernar un recopilatorio de todas sus fechorías.
  • En 1890 se cuenta que Isidore Liseux, editor francés de libros eróticos, conseguía la piel de los pechos de las mujeres fallecidas en el hospital de Clamart (París). Incluso existe un ejemplar de Elogio de los senos de las mujeres (Éloge du sein des femmes), de Mercier de Compiégne, dónde tanto en la portada como en la contraportada, se pueden ver las protuberancias de los pezones.
  • El astrónomo y escritor Camille Flammarion, felicitó a una condesa por la suavidad de su piel. La condesa, al morir de tuberculosis años después, hizo que le enviaran esa piel que él había elogiado para encuadernar uno de sus libros.
  • 1958, el encuadernador Dard Hunter, contó que una viuda le mandó la piel de su difunto esposo para encuadernar todas sus cartas de amor.

Jornada sobre "Bibliofilia y mercado en el siglo XXI"

En la Facultad de Ciencias de la Documentación de la Universidad Complutense, se celebró el pasado 3 de mayo una jornada sobre Bibliofilia y mercado en el siglo XXI. Organizada por el grupo de investigación sobe el libro antiguo Bibliopegia, dirigido por los profesores Antonio Carpallo y Fermín de los Reyes su objetivo era aproximar la bibliofilia y la librería anticuaria al ámbito académico, dada su importancia en la conservación y transmisión del patrimonio bibliográfico.

viernes, 13 de mayo de 2011

Bibliofília en Buenos Aires

Por Maximiliano Gregorio-Cernadas, para el diario La Nación , en artículo publicado para la edición impresa el 29 de abril de 2011.

La bibliofilia, el amor por el libro como objeto de colección, tuvo su auge en Buenos Aires entre los siglos XIX y XX, merced al interés de una elite ilustrada que adquirió en Europa bibliotecas enteras y formó colecciones notables (Arata, Cárcano, Bunge, Gallardo, Llobet, Zorraquín Becú, Vogelius, Mayer). Muestra de ello son los 40.000 ejemplares reunidos por Jorge M. Furt, que se conservan en la estancia Los Talas, a unos 20 kilómetros de Luján. O los 60.000 títulos de la colección Quesada, hoy en Berlín. Un glorioso pasado que alcanzó su cenit a mediados del siglo XX.

Aquella "bibliópolis" de rango mundial (según Rubén Darío y Paul Groussac), famosa por sus escritores, editores, libreros y bibliófilos, mantiene su crédito como la plaza del libro antiguo más importante de Latinoamérica. Mario Vargas Llosa ha dicho que una de las razones por las que le gustaría vivir un tiempo en Buenos Aires son sus librerías. La Asociación de Libreros Anticuarios de la Argentina (Alada), fundada en los años 50, reúne a cincuenta libreros. Su presidente, Alberto Casares, afirma que la asociación, que desde 2004 organiza la Feria del Libro Antiguo de Buenos Aires -única en el continente y must de la agenda porteña-, vive su mejor momento.

Librerías, libreros y bibliófilos
Una minoría sofisticada de librerías anticuarias ofrece libros antiguos (previos a los siglos XVIII o XIX) y de lujo. La mayoría, en cambio, se ocupa de libros raros, agotados, de colección, decorativos o preciosos, que atraviesan cronologías. Luego están las librerías de viejo, ocasión o lance, con libros descatalogados o usados. En rigor, la mayoría cuenta con un poco de todo y se define por lo que predomina. A los libros se suele sumar una vasta iconografía antigua en soporte papel (mapas, fotos, documentos, etcétera).

Las temáticas comunes son argentinas e hispanoamericanas y las especiales, fotografía (Poema 20); correos, gráfica, tabú (El Faro del Fin del Mundo); alemán, latín (Henschel); franceses ilustrados (Víctor Aizenman, El Incunable); idiomas (Glyptodon); teatro (Ávila; La Teatral); derecho (Platero). El gusto del coleccionismo fue nacional y americanista (siglo XIX), europeizante (inicios del XX), nacional (XX) y desde el año 2000 parece inclinarse por las vanguardias literarias.

En los fascinantes locales de estos libreros se accede a otros tiempos y espacios: atmósferas londinenses (Antique, Poema 20, Casares), gabinetes nobles del siglo XVIII (Aizenman), escenografías históricas (Ávila, donde en 1785 funcionó la primera librería del país). Algunos locales se ubican en sótanos (El Incunable, Cueva Libros, Platero), trastiendas (Fernández Blanco, Glyptodon), departamentos (Henschel), edificios históricos (El Faro), galerías (Pampeana, Lord Byron, Mireya), hogares (Manos Artesanas; Del Plata) y laberintos (Huemul).

Los buenos libreros apuestan al vínculo personal con sus clientes ("No vendo a quien no veo", confiesa Llobet), asesorando, cuidando el trato y ofreciendo servicios como catalogar y reparar libros, permutar o canjearlos. Organizan lecturas con café y hasta "chocolates de los jueves" para atraer viudas. Al cabo, el librero es un bibliófilo al que le cuesta deshacerse de sus mejores libros. Sosa y Lara, de Lord Byron, define su oficio como "un ida y vuelta entre un cliente especializado y un librero que se nutre de ese conocimiento y lo devuelve".

"El librero es un psicólogo -explica Gustavo Breitfeld, que tiene ambos títulos- y esto es como un vicio, una droga, la adrenalina del buscador de tesoros. El psicoanálisis trata de descubrir en el inconsciente lo reprimido, mientras que en el libro busco lo que no me dice para ponerlo en valor."

Entre libreros y compradores, el médium es el catálogo, libro sobre libros, quintaesencia de la bibliofilia, motivo de coleccionismo y fuente de criterios para valorar un ejemplar. Esos criterios son múltiples: la proyección cultural de la obra, la edición (pirata, príncipe, revisada, rara, numerada); el estado del libro (lomo fatigado, tiros de polilla; los cantos desparejos revelan agregados y el olor a goma, restauraciones); la estética (encuadernación lujosa o firmada, medio marroquí o florones en el tejuelo, ilustraciones, papel, tipología); partes (hojas de respeto, guarda, pestaña); provenance y marginalia ; la demanda y existencia; si figura en bibliografías (Suárez, Palau).

"El que compra con pasión hace negocio", explica Breitfeld. Casares, por su parte, agrega que eso requiere "intuición, buen gusto, mirada abarcadora y rápida, olfato, sensualidad en la mano, paciencia y saber escuchar a dos grandes maestros: el libro que nos habla y el cliente que nos enseña su especialidad". No obstante, pese a tener tantas cosas en común, señala Ana María Lacueva, "jamás nos pondríamos de acuerdo sobre un precio".

El rematador que vendía libros antiguos entre vajillas y carruajes (Bullrich ha sido pionero en esto) cuenta hoy con especialistas en tasar y catalogar ejemplares únicos que subastan ante agentes de grandes coleccionistas locales (Porcel y Blaquier) y extranjeros.

La fama hosca de los libreros se desmiente con la cohesión de Alada. El prejuicio de métier masculino cede ante la abundancia de damas libreras como Elena Padin Olinik, de Helena de Buenos Aires, rematadoras (María Saráchaga), coleccionistas (Larguía), encuadernadoras y artistas de ex libris. Los bibliófilos, por su parte, revelan su espiritualidad (Navia define su pasión "como un pianissimo de Rubinstein") y sociabilidad. Un centenar se reúne en la prestigiosa Sociedad de Bibliófilos Argentinos (1928), explica Padorno, su vicepresidente. Renacen las tertulias, las donaciones en vida y la idea de que "los particulares prolongan la vida del libro antiguo mejor que una biblioteca, pues le dan más cariño y cuidado" (Aquilanti). A la leyenda de un duelo atávico entre codiciosos libreros y pícaros bibliófilos, Almeida responde: "Todos amamos los libros y estamos del mismo lado".

Artesanías y cuidados

Los restauradores y encuadernadores son los artistas del libro. Algunas librerías, por ejemplo Antique, tienen los propios (Carlos Guerrero), aunque la mayoría es independiente, como la multipremiada María Sol Rébora; Andrés Casares, que aprendió técnicas secretas de maestros franceses; o Graciela de la Guardia, dama de vasta cultura, formada en Japón y Francia, con lista de espera mundial y un taller encantador. La encuadernación puede ser una obra de arte, firmada y coleccionable, pero no siempre beneficiosa. Antes se estilaba encuadernar todo a la francesa (agregando tapas y guillotinando hojas), arruinando ediciones originales. Hoy se prefiere respetar lo que el libro trae, dejar primeras ediciones en rústica y en rama (sin abrir), y encuadernar lo previo al siglo XVIII con pergamino y rama abierta (borde desparejo), aunque, observa Aizenman,"hay cierto fetichismo en nunca encuadernar; la encuadernación puede alterar o jerarquizar el libro".

Un socio fiel del libro antiguo es el ex libris ("Este libro es de", en latín), viñeta con emblema y leyenda alusivas al coleccionista o su tema. La grabadora Eva Farji, interesada en sus alegorías, refiere su origen noble y heráldico, que se remonta al Renacimiento, y su etapa burguesa, profesional y artística, con el auge del libro y el diseño, a fines del siglo XIX. A principios del XX, los amigos de los ex libris comenzaron a reunirse. En nuestro país, María Magdalena Otamendi de Olaciregui (cuya colección se conserva en la Biblioteca Nacional) fundó la Asociación Argentina de Ex Libristas. El ex libris atrajo a artistas como Norah Borges y Pío Collivadino. Hoy tiene estupendos artistas (Grupo de Amigos del Ex Libris/Gadel, Luis Mc Garrell Gallo) que crean por encargo (¡Carlos Menem se hizo uno!) y fieles coleccionistas (Vast y Dellepianne Cálcena).

La fragilidad del libro exige recaudos. Contra el polvo aconsejan leerlo (se airea solo), guardarlo en bibliotecas Thompson o cajas, y para curarlo de plagas (dermétidos, xilófagos o "taladros" y gorgojos), envolverlo con celofán en el freezer o agregarle cantos dorados que ahuyentan insectos además de adornar. Conviene cuidarlo de la humedad, sol, calor, animales y fumadores, exhibirlo y catalogarlo desde los 3000 ejemplares, cuando falla la memoria y se puede soñar con dar nombre a la colección.
El futuro de los libros del pasado

El libro antiguo circula entre decesos, divorcios, viajes, apremios, donaciones, estancias, porteros asociados a libreros o cartoneros que los liquidan como papel. "Se tiran millones", dice López Medus. "Veinticinco años después de haber prestado un libro, lo reencontré en una librería de usados", cuenta Vega Andersen.

El futuro del libro antiguo reniega de sus clichés. Si bien cierran librerías (L'Amateur), son más las que abren (La Teatral, El Vellocino de Oro, Gotcha's Books, Los Siete Pilares), en un proceso de renovación generacional, cambio de perfil profesional y sofisticación de la plaza, con jóvenes libreros y perspectivas modernas (Sirinian, Breitfeld, Koch, Aquilanti, Lüchter Bunge). Cada vez más especializados y menos diletantes, parece no obstante inmortal la imagen del librero bohemio, "devoto del libro como fenómeno en la vida del hombre y del sentido misional de una librería", acota Llobet.

De a poco, el libro antiguo vuelve a interesar a la dirigencia, se reconoce su aporte al acervo cultural y su falso elitismo. "Un ejemplar interesante cuesta igual que un par de zapatillas", afirma Fullone, de la Librería Del Plata. Basta escoger un buen tema, dejarse asesorar y adquirir poco y bueno.

Los stocks libreros (el mayor es el de Fernández Blanco, con más de 200.000 ejemplares), los tesoros públicos y las colecciones privadas demuestran que queda mucho en Buenos Aires. Los extranjeros no se han llevado todo; los libros tienen su destino (dijo el poeta Horacio), que es circular, yendo y viniendo del exterior, pues también los argentinos adquieren afuera. Un mundo integrado -dicen- promueve este circuito del cual nuestra ciudad forma parte vendiendo, comprando, visitando ferias, actualizándose e integrando organizaciones internacionales, como Breitfeld, Aizenman y García Cambeiro.

También los remates, Internet y el Estado expanden el sistema: la Biblioteca Nacional adquiere y cuida donaciones, el Gobierno porteño promueve librerías de valor patrimonial, la Feria del Libro Antiguo y, este año, las actividades derivadas del nombramiento de Buenos Aires como Capital Mundial del Libro (Unesco).
Pero ¿qué explica el placer del bibliófilo ante el vértigo de saber que no bastará su vida para leer lo que posee? Acaso lo mismo que aqueja a todos los hombres: la conciencia de la finitud y el anhelo de asirse a un objeto que supere el tiempo, pues los hombres pasan, los libros quedan y en esa inmortalidad radica, según Llobet, "la fuerza invencible del libro antiguo".

Si los libros, como afirma Whipple, son "faros erigidos en el vasto mar del tiempo", Buenos Aires es una costa resplandeciente para cualquier náufrago existencial.

EXQUISITOS, EFICACES Y LEGENDARIOS

Casi tan variados como los volúmenes que se agolpan en sus estanterías son los perfiles de los libreros. Los hay exquisitos (Aizenman, Diran Sirinian), eficaces (Lacueva, Casares, los Breitfeld), conversadores (López Medus, Miguel Ávila), tradicionales (Mireya Pardo, Rodolfo Luchter Bunge, Lucio Aquilanti). No faltan ni el apostólico (Jorge Llobet), ni el legendario (Antonio Rago), ni el detectivesco (Roberto Di Giorgio), ni el cordial (Raúl Almeida), ni el sistemático (Vega Andersen). Pero, en cualquier caso, como señala Alberto Casares, "el ideal reúne cualidades de bibliófilo (colecciona), bibliotecario (cataloga), estudioso (trabaja el material) y comerciante (compra y vende)"

BUSCADORES DE PERLAS

Entre "el refinado sensualismo intelectual y las múltiples emociones que proporcionan al espíritu las andanzas en pos de los libros" (Buonocore), circulan compradores por metro (decoran bibliotecas y lámparas), deportistas (pescan ocasiones), fetichistas (los dejan intonsos), profanos (buscan " El principito de Maquiavelo"), estetas (gozan con el tacto del pergamino y el perfume del cuero), excéntricos (adquieren ejemplares del mismo título para cada hijo), desesperados (esconden lo que no pueden adquirir) y bibliófilos consumados, como Eduardo Sadous, que, cual cazadores, relatan sus hazañas, muestran sus trofeos y sueñan con la suerte de quien en 1910 adquirió una Biblia de Gutenberg por 80 pesos en Lavalle y la vendió por una fortuna al Museo Británico.

BIBLIOFILOS Y FAMILIAS

La bibliofilia es una manía menor que, sin recaudos, puede conducir a perversiones como el fetichismo, la cleptomanía y la bibliopatía, y convertirse en "agente de mortificación familiar", dice Guillermo Gasió. Están quienes comprometen las finanzas (ocultan sus compras o se privan de comer), el espacio (algunos requieren departamentos enteros para sus bibliotecas), la higiene del hogar o la atención de las señoras. Circulan anécdotas escalofriantes sobre vengativas viudas que venden bibliotecas "con los pétalos de las flores del velorio todavía en el piso" y "falsas viudas" que liquidan libros de un supuesto "difunto" infiel. "El libro es la peor amante pues junta tierra y bichos, es caro, ocupa lugar y roba el tiempo de los maridos", concluye Ávila.
DIRECCIONES DE LIBRERIAS ANTICUARIAS

Víctor Aizenman
Las Heras 2153 PB "A"

The Antique Book Shop:
Libertad 1236

Alberto Casares:
Suipacha 521

Librería Fernández Blanco:
Tucumán 712

Poema 20:
Esmeralda 869

El Incunable:
Montevideo 1519

Librería Platero:
Talcahuano 485

El Faro del Fin del Mundo:
Galería Libertad, Libertad 1240

La Librería de Avila:
Alsina 500

Librería-Editorial Histórica Emilio J. Perrot:
Azcuénaga 1846

Manos Artesanas:
Uruguay 1368

El Glyptodón:
Ayacucho 734

Librería del Plata:
Guido 1927 PB "A"

Henschel:
Reconquista 533 1° "C"

Pampeana y Lord Byron:
Galería Las Victorias, Libertad 948

Mireya y otras librerías:
Galería Buenos Aires, Florida 835

Huemul:
Avenida Santa Fe 2237

Tupy:
Paraguay 1268

Graciela de la Guardia
(restauradora y encuadernadora):
Montevideo 1621 PB "A"

Grupo de Artistas de Ex Libris:
www.gadelargentina.blogspot.com

domingo, 1 de mayo de 2011

Encontrado un libro de más de 500 años en un desván

El vendedor de libros usados Ken Sanders se encontraba recientemente evaluando libros que podían ser destinados al fondo del museo de la pequeña ciudad de Sandy, al sur de Salt Lake City (Utah), cuando se ha encontrado ls sorpresa de su vida.

Ken estaba evaluando los libros usados que los habitantes de Sandy le habían estado trayendo, cuando se ha encontrado un ejemplar de la Crónica de Nuremberg de la edición original alemana fechado en 1493 e impreso por Anton Koberger.

Desgraciadamente el libro antiguo estaba en mal estado y le faltaban algunas páginas. Según el anticuario John Windle si esta obra estuviese en buen estado podría valer hasta un millón de dólares.

El dueño del libro se negó a ser identificado, pero Sanders informó que la edición le fue heredada por su tío abuelo y había estado en el ático durante décadas acumulando polvo.

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